"Bienvenidos a una Nueva Dimensión Psicodélica"

Los Concáac (Seris)

anciana con fibra de palofierro Los Concáac (Seris)El registro histórico de la colonización europea de la Provincia Sonorense del Septentrión Novo hispano terminó por designar con el nombre de seris, heris o heres al disímil conjunto de bandas seminómadas cazadoras, pescadoras y recolectoras que habitaban a lo largo de las desérticas playas e islas del tercio medio del Golfo de California.

Aunque no está claro el origen de esta designación en las crónicas, se piensa que era el término con el cual los pimas bajos o los yaquis se referían a estas bandas; en la actualidad a los descendientes de esta añeja tradición cultural se les sigue designando de este modo, aunque ellos se llaman a sí mismos concáac (la gente), y conforman un grupo de cerca de 900 individuos dedicados a la pesca ribereña en las costas del estado de Sonora.

En la actualidad, el territorio que los seris ocupan constituye una pequeña franja costera del macizo continental situada frente a la majestuosa Isla Tiburón. A ambos extremos de esta franja litoral de casi 100 kilómetros de largo se encuentran sus dos principales asentamientos: Punta Chueca (municipio de Hermosillo) y El Desemboque (municipio de Pitiquito); además de estos dos poblados permanentes, existen varios campamentos temporales a lo largo de la franja costera, donde los pescadores y sus familias habitan durante distintos periodos, según la naturaleza de sus ciclos de pesca. Geográficamente, su territorio se ubica hoy en día entre los paralelos 28° 45’ y 29° 35’ de latitud norte y los meridianos 112° 00’ y 112° 30’ de longitud oeste, formando parte de los municipios de Hermosillo y Pitiquito.

Antecedentes Históricos

seri Los Concáac (Seris)En 1976, el arqueólogo Thomas Bowen denominó Costa Central al área cultural que ocupaban los seris precolombinos, la cual constituye una delgada franja costera cuyo extremo sur coincide con la Punta San Antonio (cerca de la Bahía de San Carlos) y su extremo norte con la desembocadura del río San Ignacio (cerca de El Desemboque); hacia el este penetra tierra adentro a lo largo de algunos kilómetros, en tanto que al oeste su límite está definido por las islas Tiburón y San Esteban. Se considera que estos grupos nómadas de la Costa Central proceden de un largo proceso migratorio en el que bandas de origen hokano provenientes del norte de la Baja California arribaron a tierras continentales por medio de pequeñas balsas de carrizo en las cuales navegaron continuamente el puente insular (San Lorenzo, San Esteban, Tiburón) del tercio medio del Golfo de California. Esta idea se sustenta no sólo en la gran capacidad histórica de los seris para navegar en el Mar de Cortés, sino en el lejano parentesco que su lengua tiene con el tronco lingüístico hokano de la Alta California. Cualquiera que haya sido el curso de este proceso migratorio, aconteció hace mucho, pues las evidencias arqueológicas asociadas a la cultura seri señalan ya su presencia en la Costa Central desde hace al menos 2 mil años.

Al momento del contacto con los primeros exploradores y colonizadores europeos, la sociedad seri se hallaba organizada en distintas bandas delimitadas entre sí por sutiles diferencias políticas, económicas y sociales. Ajenas al modelo patrilineal y territorial con el cual Elman Service [1962] caracterizó a las sociedades nómadas de cazadores y recolectores, las formas de organización social de las bandas seris eran más similares a otros modelos culturales nómadas del desierto; es decir, grupos abiertos, bilaterales y flexibles en composición.

En 1963, Edward Moser señaló la existencia de al menos seis grandes bandas divididas a su vez en núcleos familiares extensos llamados ihiziitim; estas bandas ocupaban ciertos territorios propios, como los xica hai ic coii, “los que viven donde sopla el viento verdadero”, a quienes se conocía en las crónicas como tepocas o salineros y habitaban un área comprendida entre Puerto Lobos y Cabo Tepopa; los taheöjc concáac, históricamente conocidos como seris o tiburones, ocupaban la costa este de la Isla Tiburón y la franja costera adyacente al Canal del Infiernillo; los heno concáac o “la gente del desierto” vivían en el interior de la Isla Tiburón; los xnaa motat o “los que vienen del sur” habitaron en los extensos manglares de las costas de Punta Sargento; los xica hast ano coii, “los que viven en las montañas”, habitaron la isla San Esteban y el suroeste de la Isla Tiburón; finalmente, los xica xnai ic coii, “los que viven donde sopla el viento del sur”, también conocidos como tastioteños, ocupaban la región costera comprendida entre San Nicolás y Guaymas.

El área que en conjunto habitaban estas bandas se extendía a través de un vasto territorio que comprende en la actualidad gran parte del estado de Sonora; durante el siglo xvi la extensión de la franja costera que ocupaban limitaba hacia el norte con la desembocadura del Río de la Concepción, en el desierto de Altar; al sur llegaba hasta el cerro Tetakawi, en la Bahía de San Carlos; hacia el este se internaba tierra adentro hasta el río San Miguel, y por último, al oeste, abarcaba algunas de las islas del Golfo de California, principalmente San Esteban y Tiburón. A lo largo de este amplio territorio, las distintas bandas se movilizaban en función de los diversos recursos disponibles, que obtenían a través de la caza, la pesca y la recolección. Sin embargo, su principal preocupación siempre fue la presencia de agua potable, la cual sólo era posible encontrar en unos cuantos aguajes, así como en tinajas que se llenaban con las eventuales lluvias. La pauta general de asentamiento consistía en campamentos temporales de varias familias extensas, los cuales se movilizaban conforme los recursos alimentarios y el agua fresca se tornaban escasos o cambiaba la estación.

gentiles Los Concáac (Seris)Las complejas relaciones de intercambio y delimitación de fronteras territoriales que estas bandas nómadas mantenían tanto entre ellas mismas como con los grupos indígenas vecinos con los cuales compartían la provincia sonorense (particularmente con los yaquis, al sur, y los pimas, al este y norte) se alteraron drásticamente o desaparecieron con la intrusión europea en los límites de sus territorios, donde en las últimas décadas del siglo xvii los misioneros de la Compañía de Jesús organizaron las primeras reducciones con el propósito de convertir a los seris a la agricultura y al catolicismo, para lo cual fundaron en el curso del río San Miguel las misiones de Nuestra Señora del Pópulo (1679), Santa Magdalena Tepoca (1699) y la Villa de Seris en el Pitic, hoy ciudad de Hermosillo (1742). Poco después de su establecimiento, las epidemias y los ataques de pimas gentiles destruyeron las misiones establecidas en las inmediaciones del territorio seri, y con ello los esfuerzos evangelizadores de los jesuitas, quienes nunca lograron incidir en la cosmovisión ni en la economía seri.

El violento desenlace que muy pronto caracterizó el tono de las relaciones entre seris y europeos tras el fracaso misional jesuita señala las diferencias tan grandes que existían entre ambas sociedades. Contra la tradición de la monarquía católica europea, basada en el urbanismo y la agricultura, los seris “no tenían un Dios; sin ley, sin fe, sin superiores, sin casas, vivían como el ganado”, señaló el padre jesuita Adán Gilg en 1692 (Montané; 1996); ajena por completo a los modos europeos, la sociedad seri carecía de estructuras jerárquicas más allá de eventuales líderes de guerra (Griffen; 1959), fundamentaba su vida en el nomadismo y creía en un desierto habitado por distintos espíritus y poderes sobrenaturales, lo cual la colocó más allá de la posibilidad de la comprensión occidental.

El principal argumento que usaron los europeos para negarle a la sociedad seri algún tipo de virtud civilizada fue la ausencia de agricultura; el territorio seri carecía de fuentes permanentes de agua lo suficientemente grandes para sostener cualquier tipo de irrigación, por lo que los indígenas nunca practicaron la agricultura. Además, contrariamente al modelo acumulativo europeo, las relaciones sociales y económicas seris se basaban en complejos sistemas de reciprocidad familiar que posibilitaban la equidad interna a partir de la continua redistribución de los escasos bienes que poseían; así, por ejemplo, cualquier individuo podía hacer uso de los recursos alimentarios o materiales que estuvieran disponibles en determinado momento, a cambio de que eventualmente retribuyera la clase opuesta de bienes a aquella de la que había dispuesto (Felger y Moser; 1985). Por otra parte, su horizonte religioso carecía de cualquier tipo de estructura jerárquica similar a la católica y se enfocaba más bien a la utilización colectiva e individual de los recursos de poder espiritual existentes en su territorio, con el principal propósito de curar enfermedades y evitar los peligros del desierto y el mar.

Transcurrido el esfuerzo misional y como respuesta a la paulatina invasión de sus territorios, los seris (junto con los apaches) se convirtieron en la mayor amenaza para la seguridad de las poblaciones coloniales de la provincia de Sonora durante las décadas intermedias del siglo xviii (Sheridan; 1999). Después de atacar las estancias, misiones y rancherías establecidas en las inmediaciones de sus territorios, lograban huir exitosamente hacia las profundidades de su desértico hábitat, donde la escasez de agua dificultaba su persecución. Estos enfrentamientos violentos continuaron hasta desembocar en el levantamiento y la guerra de resistencia abierta, que junto con los pimas los llevó a refugiarse en el macizo montañoso Cerro Prieto, desde donde mantuvieron en jaque a una buena porción de los asentamientos civiles y misionales del noroeste novohispano, marcando con esto su exclusión definitiva del sistema colonial (Villalpando; 1992). Las campañas de exterminio dirigidas contra los seris en 1760 y 1770 bajo el mando del coronel Elizondo marcan el mayor número de movilizaciones militares en la historia de la Colonia en Sonora. Sin embargo, salvo breves periodos de paz, como el conseguido tras estas campañas, la Corona española jamás sometió a los seris.

Pasada la Independencia de México y cuando la perforación de pozos para obtener agua en el siglo xix por fin permitió a los rancheros mexicanos asentarse en la parte desértica del territorio de los seris, éstos se apropiaron de inmediato del ganado de los ranchos como si fuera un recurso más dentro de los espacios que consideraban propios. Esta situación desató un ciclo de violentas incursiones para robar ganado, con las consecuentes represalias sangrientas por parte de los rancheros, quienes muchas veces asesinaban campamentos enteros que no habían participado en el robo. Así, el rancho de la Costa Rica, propiedad de los hermanos Encinas, pronto se convirtió en centro de roces y conflictos.

Tras un fallido intento por incorporar a los seris al trabajo y las maneras mexicanas, estalló un brutal ciclo de pillaje y represalias de exterminio entre las décadas de 1850 y 1860, conocido como las Guerras de Encinas. Los hombres de los terratenientes, armados con rifles de repetición y montados a caballo, asesinaban hombres, mujeres y niños de cualquier campamento que encontraran a su paso, independientemente de que hubieran o no matado algún animal de los rancheros. De esta manera se exterminó al menos a la mitad de la población seri en los 12 años que duró la masacre.

Las largas décadas de exterminio, las incursiones militares y las enfermedades del Viejo Mundo fueron diezmando poco a poco a la población de estas bandas nómadas, hasta el grado de que con el tiempo llegó a ser insuficiente el número de individuos para sostener las distintas divisiones territoriales como unidades viables; paulatinamente, los seris sobrevivientes utilizaron como refugio común el último bastión de su territorio: la Isla Tiburón. En algún momento, a finales del siglo xix, el sistema de bandas se colapsó, y ante la necesidad mutua y la amenaza de la extinción, los individuos que quedaban flexibilizaron sus identidades de origen y se fusionaron en un único grupo. El resultado de dicho proceso es el grupo seri que ha subsistido hasta nuestros días, adoptando el nombre de concáac, “la gente”.

La Pesca comercial y el Protestantismo

PESCA Los Concáac (Seris)Para fines del siglo XIX los asentamientos ganaderos se ubicaban cada vez más hacia el interior del territorio seri, por lo que algunos de los indígenas que eventualmente acampaban en la costa continental aprovecharon algunas de estas rancherías no indígenas como sitios de intercambio y trueque, aun cuando en otras ocasiones formaban también partidas para incursionar en ellas y robar el ganado que allí se encontraba. Este escenario de intermitentes ataques e intercambios transcurrió sin mayor alteración hasta el año de 1904, cuando el gobernador Rafael Izábal se encargó de dirigir una de las últimas y más fuertes campañas en contra de los seris como consecuencia de una serie de hostilidades registradas en la costa próxima a Hermosillo y protagonizadas principalmente por algunos yaquis inconformes con el maltrato que recibían al trabajar en las haciendas de la región (Aguilar; 1998).

El 24 de diciembre de 1904 Izábal puso pie en la Isla Tiburón al mando de 42 pápagos, 40 rancheros y 160 soldados, apoyados desde la costa por dos navíos. Durante la campaña, de siete días, hubo varias batallas de las cuales resultaron oficialmente muertos 11 seris y capturadas varias mujeres y niños. Izábal amenazó de muerte a las prisioneras para obligar a los hombres a entregar a los yaquis fugitivos; ante esta presión, los seris no tuvieron más remedio que matar a los yaquis. La expedición de Izábal marcó definitivamente el curso de la historia seri, pues la Isla Tiburón, principal bastión defensivo del pueblo seri, por fin se había rendido a fuerzas militares modernas, y sus ocupantes dejaron de considerarla el refugio inexpugnable que había constituido hasta entonces. Ante la proporción de este embate, los ataques de los seris a lo largo de sus fronteras cesaron.

A partir de la incursión del gobernador Izábal en la Isla Tiburón, la incierta frontera territorial que existía entre los mestizos sonorenses (cocsar3) y los seris comenzó a moverse rápidamente hacia el oeste; a principios de los años veinte ya había alcanzado la región de la costa del Golfo. Por entonces, algunas familias no indígenas se asentaron en la boca de la Laguna de la Cruz y fundaron lo que en los años treinta se convertiría en la próspera comunidad de Bahía Kino. Durante esa época, el asesinato de un par de turistas estadounidenses en la Isla Tiburón incitó a los periódicos y revistas de Estados Unidos y México a publicar artículos sensacionalistas en los que caracterizaban a los seris como “indios salvajes” de la “Edad de Piedra”, que comían carroña, practicaban actos inmorales y degenerados como la poligamia, la prostitución y el incesto, e incluso que eran caníbales, aseveraciones todas falsas, o cuestionables en el mejor de los casos. Sin embargo, es necesario señalar que esta imagen tan negativa y ajena a la cultura seri sigue permeando la imaginación de algunos sectores de la sociedad mestiza de Sonora.

En 1926 un empresario estadounidense llamado Yates Holmes estableció en la zona de Bahía Kino el Kino Bay Sportsmen’s Club, que oficialmente ofrecía una excelente oportunidad para la práctica de actividades como la pesca, la caza y la exploración, pero también constituía una buena alternativa para el consumo de bebidas alcohólicas durante los días de la Prohibición en Estados Unidos. Para 1927 y 1928, dos terceras partes de la tribu seri habían establecido sus campamentos de invierno en Bahía Kino, al haberse percatado rápidamente de la generosidad norteamericana para proveerlos de regalos, ropa, comida y dinero por posar en fotos.

En el año de 1918 Roberto Thompson Encinas, sobrino de Pascual Encinas (el ranchero que había asesinado a más de la mitad de la población seri), estableció una sólida amistad con la etnia. Al percatarse de la natural vocación y capacidad de adaptación de los seris a las artes de pesca, a principios de los años veinte comenzó a transportar a la ciudad de Hermosillo pequeñas cantidades de pescado que obtenía de los indígenas a cambio de ropa y alimentos. Esto fue sin lugar a duda el principio de la economía pesquera comercial entre los seris. Por entonces, la pesca de totoaba (Totoaba macdonaldi) constituía una actividad fundamental en el desarrollo pesquero del Golfo de California, y los seris dedicaban sus esfuerzos a la captura de esta especie, al tiempo que mantenían su movilidad estacional para la caza de caguama principalmente.

** Hay que diferenciar entre Roberto Thompson Encinas, el sobrino de Pascual Encinas, y el seri Roberto Thompson (también conocido como Roberto Herrera): este último adquirió el apellido Thompson cuando el sobrino de Pascual Encinas fue su padrino de bautizo. En adelante haremos referencia al sobrino de Encinas por su nombre completo: Roberto Thompson Encinas, mientras que al seri Roberto Herrera simplemente lo llamaremos Roberto Thompson. **

En 1935, el Gobierno de México ordenó la organización en cooperativas de todo el comercio pesquero. El 29 de noviembre de 1938, Jesús Solórzano, un indígena colimense con las características personales y la visión para materializar una empresa económica de tal dificultad, logró organizar en Bahía Kino la Sociedad Cooperativa de Pescadores de la Tribu Seri, S.C.L. Sin embargo, para 1939 la población no indígena había rebasado en proporción de ocho a uno a la seri; la identidad étnica y cultural de los seris empezó a dar signos de una fuerte desintegración, evidenciada por el consumo de drogas y alcohol, así como por la propagación de enfermedades venéreas a través de la prostitución. Los jóvenes seris adoptaron ante los mestizos una actitud sumisa que suplantó el sentido de independencia y orgullo que había caracterizado su cultura (Smith; 1954).

En este contexto, Solórzano sabía que no podría mantener ninguna cohesión entre los seris ante las fuertes fricciones con los mestizos, así que en el invierno de 1940 tomó una decisión crucial: trasladar la cooperativa a 90 kilómetros al norte de Bahía Kino, hasta un antiguo campamento en el delta del río San Ignacio, llamado El Desemboque, haxol ihoom o “lugar de almejas” en lengua seri. Esos primeros años en El Desemboque marcaron una época de vigor para la etnia. En la tienda de Solórzano se podían encontrar buena comida y mercancías que los seris adquirían con el dinero de la venta de pescado, mientras que el mezcal y la marihuana quedaron prohibidos. Se instaló una oficina para la cooperativa, un cuarto de refrigeración y una escuela federal. Solórzano llegó a reinvertir gran parte de sus ganancias en el desarrollo de la comunidad, a la espera de cosechar a largo plazo mayores ingresos. Sin embargo, en 1948 las tensiones y disputas internas provocadas por los competidores de Solórzano terminaron por desintegrar la cooperativa, y a él no le quedó más remedio que abandonar definitivamente la zona.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, la demanda de aceite de hígado de tiburón por parte de los laboratorios farmacéuticos estadounidenses incrementó de manera exponencial las actividades pesqueras en el Golfo de California, creando una época de bonanza sin precedentes para todos los pescadores. Sin embargo, la demanda cesó bruscamente con el descubrimiento de métodos artificiales para la obtención de las vitaminas presentes en el aceite, lo que provocó una fuerte crisis en las economías pesqueras. Por otra parte, la profunda desconfianza entre algunos seris y población no indígena, enmarcada nuevamente por el abuso del mezcal, trajo consigo violentos enfrentamientos a lo largo de todo el proceso de readecuación económica. Para la época de la posguerra ocurrían frecuentes escaramuzas en El Desemboque y zonas circunvecinas. En los años cincuenta el control ejercido por los armadores sobre la industria pesquera de El Desemboque se caracterizó por constantes injusticias y negociaciones desventajosas cometidas contra los seris, situación que intensificó la crisis alimentaria, sanitaria y laboral surgida al terminar la bonanza experimentada durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la década de los cincuenta supuso una crisis distinta para el pueblo seri, pues fue entonces cuando la presencia e influencia de distintos misioneros protestantes sacudió su cultura.

home bnr logo Los Concáac (Seris)En el año 1951, una pareja de misioneros estadounidenses asociados a los Wycliffe Bible Translators, que operaban en México con el nombre de Instituto Lingüístico de Verano, lograron ser aceptados rápidamente en El Desemboque mediante constantes donaciones de medicinas, ropa y alimento a los seris, quienes, sorprendidos de no advertir ningún interés económico en los misioneros, interpretaron su actitud como algo natural que esperar de cualquier visitante estadounidense. Una vez instalados de manera permanente, Edward y Beck Moser se dieron a la tarea de aprender la lengua seri con el propósito de traducir a ella el Nuevo Testamento. Al año siguiente llegó a El Desemboque otro grupo religioso estadounidense, el American Friends Service Commitee (afsc), que operaba en México con el nombre de Comité de la Sociedad de los Amigos. De igual forma, los misioneros pentecostales de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, provenientes de Hermosillo, iniciaron actividades evangelizadoras entre los seris. Provisto de mayor apoyo económico, el afsc se dedicó a satisfacer la demanda seri de educación y restableció la antigua escuela a cargo del maestro Leo Sandoval.

El embate misional de las tres agrupaciones religiosas, dentro de un entorno económico enrarecido y fracturado por las crisis de la posguerra, sentó las condiciones necesarias para lograr aquello que siete décadas de esfuerzos misionales jesuitas no habían conseguido tres siglos atrás: la evangelización de los seris. Los esfuerzos de estos grupos alteraron radicalmente las creencias religiosas de la etnia e incluso sus sistemas de estructuración social a través de la oposición entre creyentes y no creyentes. Entre 1952 y 1958 dos terceras partes de la tribu se hallaban inmersas en la supuesta conversión evangélica, siendo en su mayoría los jóvenes quienes asistían casi todas las noches a las celebraciones pentecostales. El culto ayudó en alguna medida a disminuir el consumo de drogas y alcohol. Sin embargo, como contrapartida de ello, los protestantes proscribieron muchas de las antiguas prácticas rituales. Aquellos que permanecieron indiferentes a la obsesión cristiana resolvieron mudarse a un campamento permanente llamado Punta Chueca, situado a 63 kilómetros al sur de El Desemboque.

Transcurrida la década de los cincuenta, la designación de una nueva categoría social hizo su aparición en la lengua seri: los ziix costim, “aquellos que cantan”, término utilizado para designar a quienes asumen su pertenencia a la hermandad de la fe evangélica. En la actualidad, la mayor parte de la población participa de este credo. La escisión inicial entre la práctica de las fiestas tradicionales y el culto cristiano ha desaparecido casi por completo y es común ver a seris que participan de ambos eventos sin mayor conflicto. Los seris comprendieron poco a poco, durante el incierto ir y venir de los dramas sociales, que la presencia de los estadounidenses en la región no sólo representaba un elemento del cual obtendrían ciertos beneficios económicos como en los días de Bahía Kino, sino, sobre todo, que servían como mediadores en la tensa relación que existía con los no indígenas.

En efecto, el tono de violencia de las relaciones entre seris y mestizos fue disminuyendo notablemente, en parte por la prohibición del consumo y la venta de alcohol, pero primordialmente por el juego de presencias y alianzas que a partir de entonces instauraron las tres entidades sociales. Los seris, sintiéndose apoyados por los norteamericanos, recobraron paulatinamente su característico sentido de orgullo e independencia, hasta el grado de que, con el transcurso de las décadas, han construido un discurso propio de nación que enarbola los signos de su cultura que consideran fundamentales, incluidos aquellos que al principio les prohibió el protestantismo. Este proceso ha sentado las bases de identidad de lo que a principios del siglo xxi es la Nación Concáac.

El arte Seri y la conformación del territorio

La isla del Tiburón Los Concáac (Seris)A finales de los sesenta, el pueblo seri había abandonado en su totalidad la Isla Tiburón, el corazón de su territorio, debido en parte a las políticas y presiones gubernamentales gestadas en esos años, pero sobre todo a causa de su creciente dependencia de la economía pesquera comercial, así como de los relativos beneficios existentes en la parte continental, en particular los servicios médicos y los productos mercantiles. Tras el abandono de la Isla Tiburón y la consumación del proceso de evangelización, en los años sesenta, dos elementos marcaron profundamente la existencia seri de la segunda mitad del siglo xx: por una parte, la creación y el desarrollo de actividades artesanales como la talla del palo fierro (Olneya tesota) y la cestería, con las que se han insertado en el mercado mundial del arte indígena, y por la otra, el otorgamiento que hizo el Gobierno Federal de los títulos de propiedad de una porción de sus territorios ancestrales, incluida la Isla Tiburón, así como la declaratoria de una Zona Exclusiva de Pesca para la etnia.

En cuanto al desarrollo de las artes que habrían de caracterizar a los seris en el mercado global, como la cestería o la escultura en palo fierro, éstas se gestaron inicialmente en respuesta a una fuerte crisis económica propiciada por tres factores: la escasez de pescado comercial por la sobreexplotación; la pérdida de interés de los armadores por invertir en la zona, y el duro proceso de reformulación existencial provocado por la fe protestante, que fomentó marcadamente el sentimiento de orgullo e independencia característico de la tribu. El arte de tallar el palo fierro, aunque no lo introdujo propiamente gente externa, tampoco el nuevo arte. Se dice que en 1961 José constituyó un fenómeno tradicional denAstorga empezó a tallar figuras de palo tro de la sociedad seri, pues aunque se fierro a petición de algunos turistas essabe de la talla desde tiempos antiguos tadounidenses. Al principio, José fabricó de figurillas5 de madera de torote (Bursecucharas y otros utensilios sin mucho ra hindsiana) llamadas icooc molca, éséxito. No fue sino hasta que empezó a tas carecen de cualquier relación con tallar las figuras de animales del desierto y el mar que habitan el territorio seri cuando el éxito fue rotundo.

El paulatino incremento de la presencia de turistas estadounidenses en la región de Bahía Kino6 representó un mercado ideal para vender las artesanías; la retribución económica era tan cuantiosa que más de la mitad de los adultos seris optaron por dedicarse a la talla de las figuras de palo fierro. Las primeras esculturas se caracterizaron por su simplicidad, la gran densidad propia del material, la rigidez y solidez de su forma y el fluir de sus líneas. Los artistas seris estuvieron siempre atentos a las sugerencias de los compradores a fin de perfeccionar las técnicas utilizadas y el acabado de las piezas. Así, la apariencia de las esculturas evolucionó rápidamente según los principales criterios buscados por los coleccionistas, quienes, ante su viabilidad económica y estética, lograron introducirlas en el mercado de arte mundial.

artesaniaserienpalofierro Los Concáac (Seris)Ante el gran potencial económico de esta actividad, las esculturas seris se empezaron a imitar por toda la región, pero las imitaciones con frecuencia carecen de la vitalidad y calidad del arte concáac. No obstante, la peor consecuencia fue la depredación irrestricta del palo fierro, pues contra la costumbre seri de tallar únicamente el hesen o madera muerta del árbol, los mestizos cortan árboles vivos para utilizarlos después, lo cual ha provocado un daño irreparable en muchas zonas del desierto. Como alternativa a la escasez del palo fierro y a la competencia mercantil con los mestizos, a finales del siglo xx los seris comenzaron a esculpir ciertas rocas provenientes de sus serranías, lo que gustó tanto a los compradores estadounidenses, que incluso les han llevado piedras de California para que con sus hábiles manos sigan perpetuando en ellas sus característicos trazos estéticos.

Otro elemento cultural que sufrió un profundo proceso de transformación entre los seris, quizá más complejo que el del tallado del palo fierro, fue el arte de la cestería. Su desarrollo comercial se inició en el siglo xix, cuando intercambiaban canastas por otros bienes en los ranchos vecinos. Luego, en los años treinta del siglo xx, empezaron a venderlas a los primeros turistas estadounidenses en Bahía Kino y más tarde a coleccionistas de arte. A la par, el uso de las canastas como utensilios domésticos decayó ante la disponibilidad de nuevos materiales como el plástico y el metal. Asimismo, desaparecieron antiguas formas y aparecieron nuevos diseños en respuesta a las demandas del mercado (Felger y Moser; 1985). Para los años sesenta, la cestería seri era ya un arte plenamente adaptado a la economía de mercado, en el que se demostraba un enorme grado de destreza y capacidad por parte de las tejedoras, que son exclusivamente mujeres. Algunas han alcanzado tal grado de maestría y excelencia que sus canastas se cotizan entre las más caras del mundo y se venden por miles de dólares en elegantes galerías de arte. En los años setenta y ochenta se vendieron canastas de gran tamaño por sumas con las que se podían comprar camionetas o automóviles.

Todas las canastas seris se hacen del arbusto denominado torote (Jatropha cuneata), que abunda en el territorio de la etnia. El proceso para tejer una canasta es complejo y no sólo implica su elaboración, sino su lugar en una complicada trama de creencias que, dependiendo del tamaño y el tipo de la obra, culminan en la celebración de una fiesta tradicional. Las canastas utilizadas por los seris en tiempos antiguos no ostentaban mayor decoración y su tamaño iba en función de su uso; sin embargo, la inserción de la cestería seri en las demandas estéticas del mercado del arte modificó radicalmente estas dos características. Por lo tanto, es posible establecer una relación entre la aparición de las grandes canastas (a petición del mercado global) y el comienzo histórico de la celebración tradicional con que se intenta pacificar el espíritu que habita en ellas. Fue así como a través de la venta de canastas, esculturas de palo fierro, collares y demás artesanías, los seris lograron diversificar una economía que hasta entonces dependía en su totalidad de los ingresos de la producción pesquera.

Además de diversificar su economía, desde principios de los años setenta los seris habían tratado de conseguir derechos legales sobre la línea costera que ocupaban a lo largo de la franja continental del Canal del Infiernillo y sobre la Isla Tiburón. Como resultado de estos esfuerzos, el 10 de febrero de 1963 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto presidencial que otorga a los seris derechos legales sobre una porción de la Costa Central. Así se crea el ejido de El Desemboque y su anexo Punta Chueca. Gran parte de la dotación ejidal constaba de territorios considerados propiedad de la nación, y sus límites se establecieron con relación a las propiedades privadas circundantes; de esa manera se constituyeron 91 322 hectáreas de territorio seri. El decreto también designa a la Isla Tiburón zona de refugio para la fauna silvestre, en respuesta a las quejas de sobreexplotación del venado bura. Sin embargo, en esta última decisión no se consideró el uso tradicional que de su fauna hacía la comunidad seri, y desde entonces quedó prohibido habitar de manera permanente la isla.

No obstante, en el año 1975 se logró adherir la Isla Tiburón al territorio otorgado a los seris a través de una resolución presidencial, que finalmente reconoce el uso tradicional de la isla. Con ello se añadieron al ejido 120 756 hectáreas de tierra comunal. El decreto del año 1975 también dispuso la instauración de la Zona Exclusiva de Pesca (zep), hecho fundamental en la constitución legal del territorio seri, gracias al cual la cooperativa pesquera y el pueblo seri en general lograron obtener el derecho de utilización pesquera sobre el Canal del Infiernillo y sobre las aguas adyacentes a la Isla Tiburón. La resolución presidencial establecía asimismo la necesidad de dar preferencia a los pescadores seris sobre los mestizos en el uso de las zonas que los primeros han ocupado tradicionalmente, zonas cuyo control constituía una medida crítica para la supervivencia del grupo, dada su total dependencia de la economía pesquera.

La declaratoria de los derechos legales de propiedad sobre el territorio seri, así como la concesión de derechos de exclusividad de uso de sus recursos marinos, fueron decretos para los cuales se creó una comisión multiinstitucional federal que establecería los alcances y delimitaciones tanto físicas como legales de dichas concesiones, las cuales constituían en su conjunto el esfuerzo del Gobierno de México por promover el desarrollo de la comunidad seri y su eventual integración a la sociedad mexicana. Sin embargo, con la desaparición de la comisión quedó inconclusa la necesaria demarcación de los límites marinos de la Zona Exclusiva de Pesca, situación que desde entonces ha provocado infinidad de conflictos entre los distintos pescadores de la región, particularmente a partir de la década de los noventa, cuando la sobreexplotación de los recursos marinos en otras localidades provocó que muchos pescadores mestizos que iban en busca de mejores pesquerías se aventuraran dentro de las aguas de uso exclusivo de los seris, lo que en años recientes ha derivado en un considerable incremento de las fricciones entre unos y otros. En respuesta a la constante presencia de pescadores no indígenas dentro de la zep, y siguiendo el ejemplo de las naciones indígenas del suroeste de Estados Unidos, el gobernador seri Genaro Herrera decidió crear a mediados de los años ochenta una guardia tradicional que tuviera a su cargo la vigilancia y protección del territorio seri. Este cuerpo se conformó al principio con algunos de los muchos jóvenes seris que entonces carecían de ocupación definida. Con el paso del tiempo la guardia ha sufrido muchos cambios, particularmente en los años noventa, pero desde el principio ha constituido un elemento fundamental en la defensa del territorio (Aguilar; 1998).

Cuando se sorprende a algún pescador no indígena dentro de la zona de uso exclusivo, se procede en consecuencia:una de las funciones de la guardia consiste en cobrar una parte proporcional del producto capturado como retribución por el uso de la pesquería.

No obstante, algunos pescadores no indígenas reacios a pagar una parte de su captura han acusado a los seris de piratería. La intervención de la Armada en el asunto sólo ha incrementado exponencialmente la violencia en confrontaciones de este tipo, en las que han ocurrido desde agresiones verbales hasta tiroteos en alta mar. Los pescadores de Bahía Kino han exigido constantemente a las autoridades aclarar las implicaciones de la exclusividad de pesca seri en aguas de la Isla Tiburón, alegando el derecho que ellos también tenían sobre esas aguas al haber estado presentes en la zona durante más de 50 años. Sin embargo, el principal problema radica en la constante intrusión de los pescadores para extraer especies en veda o en peligro de extinción, lo cual afecta gravemente el frágil ecosistema del Golfo de California.

En la década de los noventa, los seris gozaron de un drástico incremento de recursos económicos como resultado directo de la actividad pesquera, de la caza del borrego cimarrón y, en algunos casos, del narcotráfico. Esto ha traído consigo nuevas formas de interacción con los pescadores no indígenas de Bahía Kino y Puerto Libertad, donde las fricciones generadas ante las continuas intromisiones mestizas en la zep produjeron una escalada de violencia y terminaron por generar nuevas alternativas entre los pobladores no indígenas para acceder a la zep, ya sea mediante el matrimonio con una muchacha seri o a través de la contratación como parte de la tripulación de al menos un seri en las pangas que pescan en la zona.

De ahí que se observe una compleja serie de alianzas y fracturas entre las comunidades seris y mestizas por el uso, manejo y aprovechamiento de los recursos disponibles en las zonas que comparten. Sin embargo, existen muchos otros problemas que afectan a las comunidades ribereñas del Golfo de California, como son el profundo impacto causado por los barcos camaroneros; las cuestionables declaratorias conservacionistas que restringen legalmente pero sin fundamento científico la explotación de ciertas zonas; el establecimiento de enormes granjas acuícolas que afectan gravemente el ecosistema; la fuerte competencia con embarcaciones mayores y menores provenientes del sur del país; las contradictorias políticas pesqueras estatales y federales; la privatización del sector pesquero; el mal uso de los recursos marítimos, y la ejecución de enormes proyectos turísticos de alto impacto social, económico, cultural y ecológico. Todo esto constituye el panorama al que se enfrenta la sociedad seri para su desarrollo económico como comunidad de pesca ribereña.

Como corolario de las políticas populistas del presidente Echeverría, en los años setenta, el Gobierno Federal buscó establecer servicios básicos y viviendas permanentes en los principales campamentos seris; con una planeación urbana basada por completo en la lógica occidental, se construyeron decenas de casas prefabricadas a lo largo de calles rectas trazadas alrededor de una plaza central.7 También se instalaron cisternas elevadas y centrales eléctricas, pero la utilidad de estos nuevos implementos resultó dudosa dadas las condiciones económicas de Punta Chueca y El Desemboque. Desde los años setenta hasta el año 2004, la comunidad de Punta Chueca recibió de manera intermitente agua potable proveniente de un pozo en Bahía Kino a través de un camión cisterna pagado por el entonces Instituto Nacional Indigenista (iNi). En cuanto a El Desemboque, se mantuvo sin luz eléctrica hasta el mismo año (2004), pese a que desde los años setenta existía la central de la Comosión Federal de Electricidad (CFE) en Puerto Libertad, a 60 kilómetros al norte.

Al principio los seris despreciaron estas casas ante la evidente contradicción que representaban en relación con su concepto tradicional de vivienda. Luego algunas casas se llenaron de arena, a fin de adecuarlas a sus costumbres habitacionales. Hay que subrayar cómo lo anterior afectó el rito funerario de quemar la vivienda del difunto, a lo que muchos familiares se negaron tratándose de las nuevas casas. En la actualidad las complejas composiciones que constituyen las viviendas seris plantean la necesidad de realizar un profundo análisis semiótico y arquitectónico.

Esta misma parcialidad en los apoyos ocurre con los esfuerzos de distintas instituciones académicas que han centrado su atención en unas cuantas familias. Ejemplo de ello es la reciente construcción en Punta Chueca de una “Escuela Tradicional” que rompe, a través de su elaborado diseño, con las dinámicas espaciales inherentes a una fiesta tradicional. La reciente construcción de un quiosco por parte del gobierno municipal en medio de lo que antes fue un campo de beisbol resulta otro claro ejemplo de la nula sensibilidad cultural con que se han aplicado programas sociales en estas comunidades.

Economías de mar y montaña

En 1975 se introdujeron en la Isla Tiburón 20 pies de cría de borrego cimarrón (Ovis canadensis mexicana) como parte de un proyecto de estudio y conservación auspiciado por el Gobierno Federal8 y basado en el principio de que un medio ambiente aislado y agreste como el de la isla brindaría a los borregos la protección necesaria para que incrementaran su población hasta un grado en que, con el tiempo, fuera posible repoblar partes de las sierras continentales donde su presencia había disminuido e incluso desaparecido ante factores como la cacería ilegal y la competencia con el ganado (Bourillon; 2002).

A la vuelta de los años, la población de borregos pasó a ser de varios centenares, y la abundancia de comida, la escasa competencia y el aislamiento desarrollaron extraordinarios ejemplares de trofeo, altamente codiciados por los cazadores profesionales de Estados Unidos. Fue tal el éxito reproductivo del borrego cimarrón en la Isla Tiburón, que hizo viable su cacería de manera controlada, y en la década de los noventa se iniciaron las primeras actividades de cacería deportiva en la región. Esto ocurría precisamente cuando la influencia del movimiento zapatista en el sur del país, iniciado a principios de 1994, creó un contexto social en el que los indígenas intentaban tener un mayor control sobre sus recursos naturales como parte de la anhelada búsqueda de la autodeterminación y el respeto a sus identidades. No obstante la abismal diferencia entre las causas y modos de la rebelión zapatista, y las circunstancias y problemática de la vida seri, es innegable la influencia del movimiento en la cultura de la etnia, enfrascada en el perpetuo empeño de defender sus costumbres y libertades. El incremento en la búsqueda del reconocimiento de sus derechos y su independencia llevó incluso a un abrupto rompimiento con los representantes del Instituto Nacional Indigenista para el área seri, cuyas oficinas regionales en Bahía Kino funcionan desde entonces como residencia del Gobierno Tradicional Seri.

21986021dv Los Concáac (Seris)Los pies de cría provenían de la Sierra Seri, donde se habían capturado. La proporción era de dos machos y 18 hembras, pero, al poco tiempo de ser liberados en la isla, uno de los machos cayó al barranco, con lo que quedó la sola línea de sangre del macho sobreviviente para todas las hembras. Algunos otros ejemplares se ahogaron en el mar o los coyotes los mataron, pero esto no repercutió mayormente en la genética de las posteriores generaciones, pues varias de las hembras originales venían preñadas de otros machos en tierra firme, lo que proporcionó el factor de diversidad genética necesario para evitar trastornos hereditarios. [José Luis López, comunicación personal]

A finales de la década de los noventa los seris, previendo el potencial de explotación de la isla, contrataron al biólogo Felipe Rodríguez, quien con un genuino interés por el cuidado del borrego cimarrón y el beneficio económico de la comunidad creó una Unidad de Manejo y Aprovechamiento (uma) de la Isla Tiburón. Como primer paso, Rodríguez capacitó a un grupo de jóvenes seris como “paraecólogos”, individuos con el suficiente conocimiento técnico y tradicional para abordar la conservación y el estudio de la flora y la fauna del territorio seri. Después perfiló el calendario de trabajo de la uma; la estación de caza se estableció para los meses invernales, cuando se atendería a un promedio de cinco cazadores por temporada. El resto del año se dedicaría a la investigación y evaluación de las poblaciones de borrego y otras especies.

A lo largo de siete años, este plan de trabajo ha proporcionado a la comunidad seri un total aproximado de 24 millones de pesos. Los permisos para cazar borrego cimarrón en la Isla Tiburón se subastan anualmente en Reno, Nevada, entre los 60 mil y los 100 mil dólares. Paradójicamente, el permiso original emitido por la Secretaria del Medio Ambiente y Recursos Naturales (semarnat) cuesta apenas unos cuantos cientos de pesos. Otro aspecto importante del manejo de la uma consiste en la venta de pies de cría provenientes de la isla para repoblar áreas donde ha menguado la presencia del cimarrón. De la isla, considerada el “semillero” de Sonora, se extrajeron 120 ejemplares en 2004 y 56, en 2005, los cuales alcanzan en el mercado el precio de 30 mil dólares por ejemplar. Con el aval de la semarNat, estos pies de cría se venden a ranchos cinegéticos que desde principios de los años noventa empezaron a participar de este gran negocio.

A medida que las sierras donde habita el borrego cimarrón se han ido convirtiendo en propiedades privadas a fin de explotarse como ranchos cinegéticos, se han suscitado varias disputas relacionadas con la propiedad y el derecho de uso de la vida silvestre de algunas porciones del territorio seri. Cabe mencionar, por ejemplo, la confrontación legal entre el empresario sonorense Iván Flores y la comunidad seri a principios de los años noventa, cuando éste ocupó algunos terrenos y serranías pertenecientes a la etnia. Flores utilizaba estos y otros terrenos como reserva a la cual sus vaqueros arreaban las poblaciones aledañas de borrego cimarrón para poder participar en el negocio de los ranchos cinegéticos. Luego de varios años de litigio, la Suprema Corte de Justicia de la Nación falló a favor de la etnia, pero irónicamente, el enorme lucro que Flores obtuvo del uso ilegal de los terrenos le ha permitido constituirse como uno de los principales compradores de pies de cría de los seris. Es así como el desierto sonorense ha dejado de ser el “espacio inservible” que durante siglos las economías occidentales despreciaron, para transformarse en una empresa de ganancias exorbitantes, en la que la fauna silvestre ha pagado el precio de su conservación con el hecho de ”convertirse” en mercancía. Hoy el borrego cimarrón, el venado bura y el cola blanca, el jabalí y las aves migratorias representan literalmente la riqueza del desierto.

El Gobierno Tradicional Seri destina las grandes sumas obtenidas cada temporada por la cacería del cimarrón a resolver los problemas cotidianos de la etnia. El principal uso, al menos en el discurso, consiste en dar apoyo económico para atender problemas sociales y de salud. Hay partidas para apoyar a las autoridades ejidales, la guardia tradicional, el consejo de ancianos, la uma, las fiestas tradicionales, entre otras. Sin embargo, no existe un claro control sobre el manejo de los recursos y por lo general los gobernadores tradicionales no son capaces de señalar el destino final de gran parte del dinero. La pobreza extrema de algunas familias evidencia la enorme inequidad en la administración de estos recursos, situación que ha generado grandes problemas entre los gobernadores tradicionales y la población excluida de los beneficios, y que ha desembocado en conflictos y amenazas a mano armada por parte de ciertos miembros de la comunidad, quienes exigen un más justo reparto de las ganancias. En este sentido es preciso señalar que sólo unas cuantas familias han mantenido durante varias décadas el poder económico y político a través de su rotación en los distintos cargos disponibles.

Con el establecimiento de una cooperativa pesquera y la relativa estabilización de las relaciones de los seris con el Gobierno Federal y el Estatal, la tribu se vio obligada a establecer una serie de autoridades internas que actuaran como vasos comunicantes con el exterior. Parafraseando a Maya Lorena Pérez (1995), los seris, a partir de su integración a la economía pesquera comercial, se vieron obligados a formar, como indígenas, un gobierno tradicional; como ejidatarios y comuneros, un comisariado ejidal y un consejo de bienes comunales; como productores sujetos a crédito, una sociedad cooperativa pesquera; como artesanos, diversas cooperativas mercantiles; como propietarios de un derecho de exclusividad pesquera, una guardia tradicional; como cultura indígena, un consejo de ancianos; como conservacionistas, un grupo de paraecólogos, y como protestantes, una jerarquía pastoral, todos estos cargos para mantener el orden y la organización de una población de sólo 900 personas que hasta hace menos de un siglo carecían de todo tipo de autoridad.

La década de los noventa no se caracterizó únicamente por el comienzo de la cacería deportiva del cimarrón, sino por la vertiginosa transformación de distintos aspectos de la existencia seri, tanto en el plano político como en el económico y el social. El cada vez más raro avistamiento de tiburones y tortugas marinas en el Canal del Infiernillo refleja la drástica reducción de éstas y otras especies en todo el Golfo de California debido a la sobreexplotación, la contaminación y el uso de tecnologías pesqueras irresponsables. Ante el colapso de las poblaciones de las especies afectadas, su captura comercial se ha vuelto insostenible y ha hecho que empiecen a explotarse nuevas especies. Así fue como los seris desarrollaron en el Canal del Infiernillo las pesquerías del callo de hacha (Pinna rugosa y Atrina tuberculosa) y la jaiba (Callinectes bellicosus), que hasta la fecha constituyen las principales especies capturadas por los pescadores seris y mestizos (Bourillon; 2002).

Dentro de la creciente vinculación de los pescadores seris con los mestizos cabe resaltar la introducción de drogas como la cocaína y el cristal (metanfetamina), que algunos individuos, imitando las formas mestizas, utilizan durante la extracción del callo de hacha. No obstante, las repercusiones sociales y políticas del consumo de droga por parte de algunos seris rebasan los límites de la comunidad y se insertan en un escenario aún más complejo: el homicidio de algunas personas relacionadas con el tráfico de drogas dentro de la comunidad; el uso del territorio como zona de tránsito para el narcotráfico realizado en pangas de alta velocidad; la común utilización de camionetas robadas provenientes de Estados Unidos dentro de su territorio10 , y la portación de armas de uso exclusivo del ejército.

Estos y otros hechos han servido a algunos periódicos de derecha de Hermosillo para presentar a los seris como una comunidad caótica y fuera de toda ley, lo que ha colocado al pueblo seri en una posición de constante confrontación y desafío en relación no sólo con las comunidades mestizas aledañas, sino con la capital del estado de Sonora. Esta caracterización al pueblo seri ha beneficiado enormemente los intereses de una política estatal enfocada en el desarrollo de monumentales “megaproyectos” en la franja costera del Golfo de California, al proporcionar la excusa perfecta para, mediante el anhelado control militar de la zona, sentar las condiciones necesarias para el desarrollo de los intereses gubernamentales.

Como eje medular de la política de inversión turística del gobernador Eduardo Bours está la construcción de una carretera costera que comunique el Golfo de Santa Clara, al norte del estado, con el puerto de Guaymas, al sur, pasando por Puerto Peñasco, Puerto Libertad, el territorio de los seris y Bahía Kino. La carretera, aunque se considera un proyecto independiente, busca atraer el flujo de turistas estadounidenses hacia el megaproyecto denominado Liberty Cove, ubicado a pocos kilómetros al norte de Puerto Libertad. Las expectativas básicas de Liberty Cove12 son consolidar un proyecto monumental que dé cabida en un periodo no mayor de nueve años a alrededor de 30 mil turistas estadounidenses. Hoteles, marinas, zonas residenciales, campos de golf y una pista de carreras Nascar forman parte del ambicioso complejo.

El considerable aumento del conocimiento del derecho indígena y de la defensa de los derechos sobre los recursos naturales, así como de las políticas estatales y federales por una importante parte de la población seri permitió que a principios del siglo xxi el Gobierno Tradicional, respaldado por abogados contratados para el efecto, haya logrado una gestión relativamente eficaz dentro de las instituciones del Gobierno Mexicano, tanto con escritos legales como con acciones políticas más severas, como el retiro del personal del INI de su región y la toma de su delegación estatal en los años noventa, o la amenaza de un levantamiento en armas frente al Palacio de Gobierno del estado de Sonora, donde algunos seris, ostentando los símbolos de la Nación Concáac, bailaron la danza de la guerra.

Los parámetros de la ritualidad Seri

9 e Los Concáac (Seris)El espiritismo seri reconoce dos tipos de fenómenos ante los cuales hay que lidiar con el peligro potencial de algunos espíritus mediante la realización de un acto ritual: por una parte están las ocasiones en que se produce una transición existencial en la vida de una persona, es decir, un rito de paso; por la otra, los momentos en que la presencia de objetos inusualmente grandes requiere la pacificación de los espíritus que en ellos habitan. Ambas ceremonias constituyen las fiestas tradicionales, que son el mayor acontecimiento de vinculación social dentro de la cultura seri. Es preciso señalar que estos ritos se celebran cuando se conjugan ciertas circunstancias particulares, por lo que no tienen fechas fijas, salvo la fiesta del Año Nuevo seri, que coincide con la luna nueva de julio, icoozlajc iizax.

El carácter impredecible de estas celebraciones tenía por objeto, al menos en épocas pasadas, impedir la congregación de mucha gente en un mismo lugar y tiempo, pues los magros recursos de agua fresca existentes en el desierto no podían sostener grandes poblaciones (Felger y Moser; 1985). Al igual que entre muchas otras culturas originales, entre los seris el número cuatro se consideraba sagrado al asociarse principalmente con los puntos cardinales. De ahí que la mayoría de las fiestas tradicionales duren cuatro días y cuatro noches, y que las danzas y cantos se ejecuten siempre en múltiplos de cuatro.

Durante las celebraciones se genera una atmósfera de festividad en la que hombres, mujeres y niños se maquillan el rostro y se visten con trajes de vivos colores, entonan cantos tradicionales y ejecutan danzas, mientras que en diferentes momentos se organizan juegos de apuesta para mujeres y para hombres, y se prepara abundante comida para todos los asistentes. Los platos tradicionales suelen ser arroz guisado, pescado en caldo, frituras de tortillas de harina y distintos guisos con carne de haap (venado bura) o moosni (tortuga marina). Es preciso señalar que a partir del arribo de la Iglesia protestante, en los años cincuenta, se prohibió terminantemente la venta y el consumo de alcohol entre los seris, razón por la cual durante las fiestas tradicionales nadie consume bebidas embriagantes.

Las fiestas se dan por concluidas en el momento en que los primeros rayos del sol se posan sobre la cumbre de las montañas de la Isla Tiburón en el cuarto día de celebración; minutos antes tiene lugar el breve acto ritual que propicia la transición en la calidad existencial de la persona o cosa por la cual se celebra la fiesta. Este acto se llama icoozlajc y es una suerte de bolo en el que se reparten pequeños regalos a los asistentes para señalar que la ceremonia ha apaciguado el peligro inherente a la transición y por lo tanto la buena suerte acompañará a todos los participantes. La intención de las fiestas es ofrecer un espacio para el gozo y la diversión, y que con ello los espíritus estén contentos y acarreen la buena suerte.

traje seri 800 758x1024 Los Concáac (Seris)Se sabe de al menos 11 razones por las cuales debía celebrarse una fiesta tradicional en la antigüedad, pero no todos estos rituales y ceremonias han llegado hasta nuestros días. En lo referente a ritos de paso, la fiesta de la pubertad es la única que subsiste en la actualidad, pues las demás se fueron desvaneciendo luego de que el contexto en que se celebraban desapareció también, o cuando el significado o la intención de la práctica dejó de tener vigencia. Tal es el caso de la Danza de la Victoria, un rito para reincorporar social y espiritualmente a los guerreros que volvían de la batalla, dicho rito dejó de celebrarse en la misma época en que los enfrentamientos entre los seris y el Gobierno Federal cesaron, por fin, en la década de los treinta. Se sabe de la existencia de una celebración de la pubertad para los hombres, que se festejaba cuando empezaba a cambiar la voz del muchacho; parte del proceso implicaba la captura de una tortuga marina o de un venado bura. Sin embargo, la última ceremonia de este tipo tuvo lugar en 1929.

Por otra parte, los seris creen que todas las cosas de grandes proporciones están habitadas por espíritus a los que se debe apaciguar con una ceremonia tradicional para evitar que causen enfermedades y mala suerte. En el pasado, los seris honraban con esta ceremonia a la caguama de los siete filos o tortuga laúd (la tortuga marina más grande del mundo) y celebraban un rito especial para la captura del pargo gigante, un enorme pelágico. Otros objetos de gran tamaño que motivaban ceremonias pacificadoras eran los botes de madera que los seris construían a principios del siglo xx, así como el hecho de encontrar una olla de cerámica usada por los antepasados y la terminación de una de las canastas gigantes llamadas saptim. En la actualidad esta última ceremonia aún sigue celebrándose.

Cuando se está a punto de terminar una canasta o una corita (una canasta en forma de plato) de grandes proporciones, se realiza una ceremonia especial denominada saapmayan. Corresponde a la tejedora ser la amac, o persona que lleva a cabo el rito para apaciguar al espíritu, llamado heen, que habita dentro de la canasta. Esto se consigue al dar ella misma las últimas puntadas para ahuyentar los peligros inherentes al tejido, pues se dice que el rechinar del punzón de venado al tejer las fibras es la protesta de este espíritu por haberlo molestado. Terminada la fiesta se puede vender la canasta, pues se cree que el heen, a quien se concibe como una señora vieja y fea, sale de ella poco después.

Hasta hace pocos años, cuando un pescador capturaba una caguama de siete filos (Dermochelys coriacea o tortuga laúd) también celebraba una fiesta tradicional a fin de ahuyentar la mala suerte, pues para los seris el espíritu de este animal es muy poderoso y merece el mayor respeto. Los seris creen que hace mucho, cuando la Tierra era joven y estaba sujeta a muchas inundaciones, la caguama de siete filos, el pez vela y la mariposa nocturna eran miembros de la misma familia. Aunque antes nadie moría, ellos vieron morir a la primera persona. La caguama, que era un personaje femenino, acababa de perder a su hermano y tenía la cara manchada porque lloraba su muerte.

Se dice que la caguama de siete filos entiende a los seris cuando éstos le hablan a través de los cantos tradicionales, pues la consideran otra persona seri; por lo tanto, cuando se capturaba a una de estas enormes tortugas, los ancianos le pedían que se quedara para que pudieran alegrarla con su fiesta. A continuación presento el canto con que los ancianos comienzan el ritual de la caguama de los siete filos, canto que registré en 2005 ejecutado por Cleotilde Morales y transcrito por Genaro Herrera:

” Moyai ya hizxohacaya (Aquí es el lugar a donde te estamos invitando)
Moyai ya hizxohacaya (Aquí es el lugar a donde te estamos invitando)
Zeeme iqui quitj hizxohacaya (Las puertas de nuestras casas están aquí, apuntando hacia el crepúsculo)
Zeeme iqui quitj hizxohacaya ” (Las puertas de nuestras casas están aquí, apuntando hacia el crepúsculo.)

Ésa es la razón por la cual, si uno atrapa una caguama, se dice que es algo diferente. Si entonces no se celebra una fiesta, es cosa mala para aquellos que la atraparon, para quienes estuvieron allí. Por eso cuando se atrapa una caguama de siete filos se celebra cierto tipo de fiesta y todo el mundo está contento. Por eso cuando se captura una caguama nadie le causa daño. Pero si no se celebra ninguna fiesta, algo malo les pasará a quienes la atraparon. Por eso se celebra la fies
ta. [María Antonia Colosio en Felger y Moser; 1985].

Durante los cuatro días de celebración la caguama permanecía libre bajo una pequeña estructura de ocotillo, donde le adornaban el caparazón con símbolos de poder (líneas rectas y quebradas, y puntos) mientras los ancianos hablaban con ella para agradecerle su presencia. Al cabo de la festividad, si la caguama no había muerto, los ancianos le pedían que se hundiera en el mar tras la séptima huella de ola para desaparecer en lo más profundo, donde nadie pudiera hacerle daño. Se dice que entonces la caguama así lo hacía. Mujeres y hombres lloraban al verla partir, pues la consideraban una persona de su pueblo que se despedía para siempre. Si la caguama había muerto, entonces comían su carne y se limpiaban los huesos para decorarlos con símbolos de poder.

Como el común denominador de las fiestas tradicionales es la presencia de espíritus potencialmente peligrosos, todos los rituales comparten ciertos elementos: por principio de cuentas, la figura fundamental para la celebración de cualquiera de ellos es el amac; es decir, la persona encargada de organizar, patrocinar y llevar a buen término la ceremonia, pero, sobre todo, el responsable de lidiar con las potencias y peligros sobrenaturales inherentes a cada ceremonia. En otro tiempo la figura del amac era exclusiva de rituales mortuorios o de la celebración de la pubertad, pero a lo largo del siglo xx la importancia de su papel se extendió al resto de las fiestas colectivas. La figura social del amac ocupa hoy dentro de la cultura seri un lugar fundamental en la perpetuación de un sistema de reciprocidades rituales encaminadas a la purificación de los bienes materiales que pudieran estar contaminados por peligrosas potencias espirituales. Originalmente cada familia se relacionaba de manera particular con otra que actuaba como su amac y con la cual podía estar o no emparentada en grado cercano. Sin embargo, el amac de una persona se designaba por herencia a través de la línea paterna. Según Griffen (1959), los amac de muerte (de entierro) solían ser los hijos de los hermanos mayores de los abuelos paternos, mientras que los amac de pubertad eran los hijos de los hermanos menores de los abuelos paternos; es decir, en ambos casos, tíos segundos.

Una de las celebraciones en que la figura del amac sigue siendo reelevante es la fiesta de la pubertad, que se celebra cuando a una joven seri le llega la menarquia, lo que marca el inicio de su transformación en mujer (en todos los sentidos), y que se señala cuando le lavan el cabello a la orilla del mar al amanecer del cuarto día. Al mes siguiente se realiza una nueva fiesta en la que le cortan un mechón de pelo después de volver a lavarlo en el mar. La niña tiene prohibido comer cualquier alimento que contenga sangre o que se haya preparado en el fuego de los alimentos para los asistentes.

Además, mediante juegos y bailes se intenta mantenerla alegre y despierta, pues en caso de dormirse durante los momentos vedados sus pesadillas podrían volverse realidad.
Por ultimo la fiesta del Año Nuevo, que se celebra con la luna nueva de julio, representa para los seris no sólo el comienzo de un nuevo ciclo vital dentro del desierto y el mar que habitan, señalado por el florecimiento de las pitahayas y la promesa siempre incierta de la llegada de la lluvia, sino un espacio para desplegar ante las miradas ajenas los símbolos de la Nación Concáac, elementos constitutivos de una identidad histórica única e inconquistable. En los últimos años, la fiesta suele terminar a la medianoche del segundo día, cuando tras escuchar los viejos cantos e historias de guerra narrados por el consejo de ancianos, la guardia tradicional dispara sus fusiles al aire mientras la bandera de la Nación Concáac ondea con la brisa del mar. La fiesta del Año Nuevo seri es, pues, un gesto que desafía los desvelos de un tiempo inconexo, plagado de incertidumbres y signos amenazantes, un gesto que entiende la celebración del comienzo de los ciclos de su universo como un profundo acto de afirmación existencial.

La Nación Concáac

Seri03 Los Concáac (Seris)En un proceso iniciado hace apenas algunas décadas, los concáac han logrado replantear bajo sus propios términos los sesgos y nociones de identidad de otros pueblos para consolidar una identificación colectiva y con ello una presencia política dentro del contexto regional. Esto lo han logrado al ejercer los rasgos culturales constitutivos de su identidad como símbolos que apuntalan un proceso de resistencia étnica y territorial. El sustrato de los emblemas de este proceso de resistencia étnica, aunque diversos y en apariencia totalmente ajenos a su tradición cultural, contienen en gran medida un profundo sedimento dentro del simbolismo del que se nutre este pueblo. El ámbito escénico de este complejo proceso de decantación étnica llevó a la creación de una bandera que simboliza a la Nación Concáac, y que se coloca durante las fiestas tradicionales en lo alto del asta que el gobierno construyó para la bandera mexicana. Constituida por tres franjas verticales, azul, blanca y roja, colores ancestrales plasmados en sus cuevas sagradas y en su pintura facial, la bandera ostenta un escudo en la parte central, formado por el perfil de una cabeza de venado cruzada por dos flechas sobrepuestas que representan la caza y la guerra. Una leyenda en la parte inferior reza: nación concáac.

De hecho, el sustento discursivo sobre el que los seris afirman ser una nación independiente radica en su total autonomía de cualquier programa o apoyo estatal o federal, y en su total supervivencia gracias a los recursos marinos y terrestres que administran.

Un lugar fundamental dentro de este proceso de configuración de identidad lo ocupa la guardia tradicional seri: “Don Genaro Herrera, quien fuera gobernador tradicional de la tribu en diversos periodos, preocupado por la seguridad del grupo y buscando contar con el apoyo de los jóvenes que no tenían acceso a los diversos cargos de la comunidad, creó a mediados de 1991 la guardia tradicional seri, habilitando a estos jóvenes con las credenciales necesarias” (Aguilar; 1998). La guardia tradicional se formó entonces como respuesta del Gobierno Tradicional a una problemática desatendida por el Gobierno Federal, concerniente a la conservación de los recursos naturales y a los derechos que sobre ellos se otorgaron a los seris; particularmente en lo relativo a los derechos de exclusividad pesquera dentro del Canal del Infiernillo. Creada en un principio como un cuerpo simbólico que comprometía a los jóvenes a colaborar con la comunidad, sus acciones y atributos se han vuelto cada vez más complejos con el consentimiento de las autoridades federales, hasta el grado de que la SEMARNAT reconoce sus facultades para ejercer funciones de vigilancia dentro de su territorio, con una aún no bien expresa autorización para portar armas de pequeño calibre.

Hoy en día la guardia tradicional ha asumido un papel considerablemente amplio dentro de los distintos ámbitos de la cotidianidad seri, asimilando a una gran cantidad de jóvenes que, equipados con radiotransmisores, camionetas, lanchas (pangas) y vestimenta militar han dado un nuevo rostro a la defensa de sus territorios. Estos nuevos modos de resguardo de sus recursos naturales han traído una serie de violentos enfrentamientos con los pescadores de la región, y hay que señalar que el impacto de la guardia tradicional sobre el tono de las relaciones con los cocsar no ha sido bien recibido por gran parte de la población, quien piensa que esta nueva actitud de defensa incide negativamente en los vínculos afectivos y comerciales que buena parte de los seris conservan con el exterior. De ahí que muchas familias se mantengan distanciadas de los ámbitos colectivos que apuntalan estas acciones, tales como las fiestas tradicionales, y prefieren en cambio una construcción más individual y privada de sus modos de tener contacto con el mundo exterior y vincularse con él.

Como consecuencia de estos complejos procesos de creación y reformulación étnica hallaremos una enorme variedad de formas de ser identificadas dentro del grupo: vaqueros, cholos, roqueros, militares, místicos. Todos ellos responden a diversas maneras de ser concáac, y sus modos ocasionalmente fracturan la consonancia del proceso étnico. Sin embargo, el cambiante calidoscopio de las derivas identitarias de cada persona pone de relieve el enorme peso que en esta cultura se da a cada individualidad, de modo que lejos de poner el proceso identitario en peligro, forma parte vital de su contenido. En este contexto, la lengua seri ocupa un lugar primordial en la articulación de la enorme diversidad de la etnia: su práctica, anclada firmemente en las nuevas generaciones, denota un enorme vigor, pues lejos de ser amenazada por el español, constituye la principal barrera semiótica a partir de la cual los seris han preservado del embate occidental los símbolos y certezas que les son fundamentales.

Así, los seris de estos tiempos han aprendido a manejarse en los derroteros del mundo moderno envueltos en un constante proceso de transformación cuyos desenlaces y matices son imposibles de calcular. Hay una apuesta y una incertidumbre que marcan las formas de estructuración de su proceso social. En el contexto actual de la tribu, los distintos dramas sociales fracturan la consonancia de las acciones y las identidades son sacudidas y llevadas al vértigo de las derivas individuales, donde mutan, se traslapan y resuenan en vastos y plurales horizontes. A partir de los dramas y juegos de la posibilidad y la diversidad, los seris han logrado decantar los límites mediante los cuales han parapetado su existencia y han resistido al embate físico y simbólico de distintas sociedades que sistemáticamente han negado la posibilidad de comprender y respetar su particular y único modo de vida entre el desierto y el mar.

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Seris, de Rodrigo Fernando Rentería Valencia, se terminó de imprimir en diciembre de 2007 en los talleres de Impresora y Encuadernadora Progreso, S.A. de C.V., San Lorenzo 244, Col. Paraje San Juan, Deleg. Iztapalapa,
C.P. 09830, México, D.F.

El tiraje fue de 6 000 ejemplares.
Las tareas de digitalización y retoque de imágenes, composición tipográfica, diagramación y cuidado de edición estuvieron a cargo de la Coordinación Editorial de la cdi.

Archivo Original:

http://www.cdi.gob.mx/index.php?option=com_docman&task=doc_download&gid=46&Itemid=99999999

pixel Los Concáac (Seris)

4 Comentarios

  1. Como hera la vestimenta de los seris en mujeres y hombres

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  2. estoy interesada en los cantos de la etnia Seri donde los puedos escichar ,gracias

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  3. quisiera saber si estos pueblos reciben asistencia social, algún tipo de apoyo integral.

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  4. estta mui bien la historia de los seris pero no era yo lo qe
    yo esttaba buscando les falto poner su arquitectura eso fue lo qe yo andaba buscando pero pues ya nimoddo xD

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